La credencial del peregrino: para qué sirve y cuánto cuesta cada sello

03.10.2026

Se me llenó el pasaporte en dos días. Lo que descubrí sobre quién sella gratis, quién cobra y por qué.


Se me llenó el pasaporte de peregrina en dos días.

No es una exageración: llegué a Redondela, en la segunda etapa, con la credencial sin espacio y con cuatro etapas por delante. Tuve que comprar otra. Ese pequeño desastre logístico me abrió el tema de este post.

Qué es la credencial

Es un cuadernillo plegable de cartulina donde se estampan los sellos que prueban por dónde has pasado. La expide la Catedral de Santiago o entidades autorizadas por ella —asociaciones de amigos del Camino, albergues, parroquias— y sin ella no hay Compostela.

La norma es simple: en los últimos 100 kilómetros hay que reunir dos sellos por día. Es decir, la credencial convierte kilómetros caminados en un documento verificable. Es la única burocracia del Camino, y curiosamente es también su objeto más íntimo: cuando vuelves a casa, no recuerdas los pueblos por el nombre. Los recuerdas por el sello.

Tres formas de sellar (y tres economías distintas)

Credencial de peregrino en el huerto de Saúl. 1 de julio de 2026.
Credencial de peregrino en el huerto de Saúl. 1 de julio de 2026.

Los sellos de tinta de bares, albergues e iglesias son gratis y de siempre. Lo que ha crecido en los últimos años es otra cosa: el sello de lacre, que da un aire medieval al asunto y que se paga. En mi primer Camino obtuve solo uno. En este me crucé con varios, y de euro en euro —y hasta de a dos— la cuenta se alarga.

En un punto en la etapa de salida de Vigo, conocí a Cristian. Sella a cambio de una colaboración voluntaria, y cuando le pregunté por qué lo hace contestó sin pensarlo: porque le gusta el Camino, es bastante fanático, y siempre que puede lo hace. Lo ha caminado seis veces —el Portugués, el Francés, el Primitivo—. Su profesión no tiene nada que ver con esto. «Es un hobby y lo disfruto.».

Saliendo de Redondela, en una aldea, están Saúl y su mujer. Tienen un puesto con fruta de su propia huerta —«toda la que tenemos aquí es nuestra»—, artesanías y un sello de lacre, todo a cambio de una colaboración. El detalle que hace la historia: ese lacre es el mismo con el que hace año y medio cerraron las invitaciones de su boda.

Y luego está Miguel. Se sienta cada mañana a la orilla del sendero que lleva a Caldas de Reis, con música y un cartel que promete los sellos más bonitos del Camino. Dos euros, con oro o con plata, y un «regalo» si consigues el segundo en el puesto de la siguiente etapa. Le pregunté si había hecho el Camino alguna vez. No. ¿Le gustaría? Se encogió de hombros: «Es muy típico eso: ser de aquí y no hacerlo».

La tentación de indignarse

Cuando volví con las notas, la primera lectura fácil estaba servida: los buenos sellan gratis, los malos cobran; unos lo hacen por amor y otros aprovechan la vuelta.

Credencial de peregrino en parroquia de San Cayetano, Camino Portugués de la Costa. 30 de junio de 2026.
Credencial de peregrino en parroquia de San Cayetano, Camino Portugués de la Costa. 30 de junio de 2026.

No me sostiene. Miguel no engaña a nadie: pone un cartel, pone un precio y cumple. Vive en un pueblo por el que pasan miles de personas al año que le compran poco o nada, y ha encontrado la manera de que ese flujo le deje algo. Cristian tampoco está ahí por nada: sellar es su forma de seguir siendo peregrino los días que no puede caminar. Los dos reciben algo, aunque distinto.

Y en medio está Estefanía, que me vendió la credencial nueva en su tienda de Redondela. Me cobró, claro. Y luego estuvimos veinte minutos hablando de que ella quiere hacer el Camino sola, para volver a estar consigo misma, porque siente que depende demasiado de un marido y unos hijos que ya ni viven con ella.

La que me vendió el pasaporte necesita el Camino exactamente igual que yo.

Lo que un sello sostiene

Medio millón de peregrinos al año atraviesan aldeas que no tienen hotel, ni restaurante, ni tienda. La economía del sello —uno o dos euros, una colaboración, una fruta de la huerta— es de las pocas formas en que ese flujo deja dinero directamente en manos de la gente que vive en la ruta, sin intermediarios, sin plataformas y sin comisiones.

Llamarlo turismo sostenible suena a folleto. Pero es literalmente eso: renta que se queda donde se genera.

Mi segunda credencial acabó llena también. La miro ahora y no veo un trámite: veo el huerto de Saúl, el negocio de Miguel, la letra de Cristian y la tienda de los abuelos de Estefanía. La Compostela certifica que llegué. La credencial certifica quién me ayudó a llegar.


Ana Gabriela Quiñones Amato.


Fuentes consultadas

  • Oficina de Acogida al Peregrino: normativa de la credencial y requisitos de sellado (dos sellos diarios en los últimos 100 km).
  • Trabajo de campo propio: entrevistas grabadas a Cristian (Camino Portugués, etapa hacia Caldas de Reis), Saúl y su esposa (aldea a la salida de Redondela), Miguel (sendero a Caldas de Reis) y Estefanía (Redondela), entre el 27 de junio y el 1 de julio de 2026.
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