Herida de peregrino no requerida
Camino Portugués de la Costa · 125 km preguntando por qué caminan · Junio-Julio de 2026
Dicen que el Camino de Santiago no pide motivos. A mí me lo pidieron una vez.
Él ni siquiera lo supo. Tampoco lo supe yo sino hasta el final de ese sábado.
Habíamos recorrido veinticuatro kilómetros en aquella primera etapa, siguiendo la variante del litoral del Camino Portugués de la Costa, alentados por el taxista que nos llevó desde la casa de mis suegros, en Priegue, hasta el puente romano de Ramallosa, donde estaba el mojón —uno de los símbolos del Camino: que nos indicaba la dirección a seguir y los ciento veinticinco kilómetros que tendríamos que recorrer para llegar a Santiago— que demarcaba el inicio oficial de aquella etapa que terminaría en Vigo, casi seis horas más tarde, tras atravesar playas desoladas y serenas donde las únicas huellas eran las de las botas de los peregrinos, hasta otras repletas de bañistas tendidos sobre una arena tan blanca que encandilaba cuando las rayos del intenso sol de aquella mañana chocaban en ella invitándote también a ti a soltar la mochila y echarte allí, a la orilla de aquellas aguas turquesas como las de mi Caribe; franqueados, en cualquier caso, a nuestra izquierda, por las famosas islas de las Rías Baixas: las Cíes.
Él me acompañó todo el tramo, encantando de poder sacarse la camiseta y andar bajo el sol, sin saber que, tan solo caminando a mi lado, me había estado sosteniendo. Quizás ya lo hacía desde antes de llegar ahí, pero yo solo lo reconocí en el momento en que me tocó despedirme de él. Había venido a acompañarme solo en esa primera etapa. Debía volver a casa a trabajar, y yo, por mi parte, continuaría sola haciendo lo mismo. Fue en el momento en que subió al bus que lo llevaría al aeropuerto, y lo despedí a través de la ventana, que me desarmé. Sentí cómo las piezas que se mantenían unidas gracias a esa cuerda invisible que Cris mantenía tensada dentro de mí se desplomaban, como el muñequito maromero con el que solía jugar de pequeña. El dolor, contenido en mi pecho desde hacía dos días, finalmente encontraba su espacio fuera de él en forma de lágrimas que incontrolables caían por mis mejillas, atrayendo la mirada curiosa de quienes andaban por aquel interminable paseo del centro de Vigo que me llevaba de vuelta a mi albergue, entre sollozos que a penas me permitían respirar.
No quería quedarme sola, lejos de casa, cuando solo quería volver a ella. Pero sabía que era inevitable. Me tocaba enfrentar la soledad.
*
Hacían más de dos años que había hecho mi primer Camino, el francés. Me invitó Ángeles, mi amiga de A Coruña. Ambas teníamos la Semana Santa libre; era la oportunidad. Fuimos con un grupo organizado por una agencia, nosotras solo fuimos a caminar —115 km desde Sarria, con promedio de 20 km por día— y dormir donde nos dijeran —Portomarín, Palas de Rei, Ribadiso, O Pedrouzo y Santiago de Compostela—.
Lo tenía en mente como un viaje de aventura desde que leí el que hizo Paulo Coelho en aquel libro que mi abuelita me prestó cuando yo era adolescente, y que se suponía que también implicaba un proceso espiritual y transformador, pero yo, en ese momento, solo quería viajar, conocer España y vivir la experiencia de caminar muchos kilómetros entre la naturaleza por varios días. Nada más. Aun así, procurando hacer todo con intención, lo dediqué a agradecer, porque hacía menos de un año había logrado venirme a vivir a Madrid, habiéndolo soñado desde que vivía en Santiago de Chile. Pero esa no parecía ser razón suficiente para Carlos, un compañero del grupo que nos dijo —a Ángeles y a mí— que debía haber algo más, como pidiendo un drama. Nos miramos mutuamente, como buscando validar en la otra la decepción que estábamos sintiendo.
Me costó varios años de comparación y culpa entender que, el hecho de sentirme afortunada porque mi historia carece de situaciones traumáticas a superar no la hace menos válida que la de otro. Esa experiencia me llevó a convencerme de que las historias no tienen niveles ni tamaños; todas tienen su propio valor. Esa experiencia me llevó a mi segundo Camino.
Pero solo unos meses después de elegirlo como destino del Trabajo Final de mi Máster en Periodismo de Viajes, la emoción que acompañaba esa decisión empezó a decaer. Me hallaba entre la ansiedad, insatisfacción y una sensación incómoda que me hacía llorar y a la que me había llevado un trabajo de diez años que ya no me motivaba, y el agotamiento mental de meses enteros de equilibrar aquel trabajo con dos másteres. Desde fuera parecía productiva y feliz, pero yo había dejado de reconocerme. La muchacha valiente, viajera y alegre ya no se encontraba. Aquella situación me estaba costando mi identidad. Y me había llevado a tomar una decisión: seis meses de permiso, sin sueldo, sin certezas, solo con miedo y la necesidad y el deseo de parar.
"No quiero hacer el Camino" me empecé a decir. No encontraba ni emoción ni propósito en aquel viaje. No encontraba la estabilidad necesaria para llevar a cabo un trabajo de investigación que además sería el primero como periodista.
Lo hice igual. Y aquella primera noche en Vigo, entre lágrimas, después de que Cris se subiera a ese bus, escribí en mi libreta dos frases que hoy, al leerlas desde otro lugar —físico y emocional—, me revelan algo diferente:
Es mi momento de demostrarme nuevamente que sí soy fuerte. De recordarme lo que disfruto estar conmigo misma. Recordarme.
¿Son las historias de los demás las que quiero contar? ¿O es la mía?, me cuestionaba. Cerré mi libreta y me fui a dormir, esperando que en cinco días más pudiera responderlas.
*
"Todos están bien, gracias a Dios", tenía la fortuna de responder a los cientos de mensajes de amigos que preguntaban por mi familia, después de que, no uno, sino dos terremotos, de magnitud 7.2 y 7.5, sacudieran Venezuela el 24 de junio de 2026, un día que quedará marcado por siempre en la historia de mi país.
Edificios enteros se vinieron abajo. Casi 5.000 muertos y más de 16.000 heridos, mientras más de 20.000 se encuentran en campamentos transitorios, sin hogar, según las cifras oficiales difundidas al momento en que escribo esto —17 de julio— por las autoridades del país —en quienes una venezolana no podría confiar menos—.
A mí, que solo dos días después me encontraba a 7.000 kilómetros de distancia, mirando paisajes serenos pasar a toda velocidad a través de la ventana del tren que me llevaba de Madrid a Galicia, la etiqueta de "afortunada" me volvía a pesar, casi como pesaban los escombros que con sus propias manos levantaban miles de familias que intentaban rescatar a su gente de aquella desgracia.
Pero entonces, lo identifiqué.
Ese era el propósito que faltaba.
Aquella mañana de viernes escribí en mi libreta:
Elijo caminar para que Santiago abogue por ellos, les dé fortaleza, y permita que todos sean rescatados... Para que dé cobijo a quienes ya no tienen un hogar, y les permita uno nuevo. Pero también, para agradecer por poder decir que estoy bien.
Cuando inicialmente había emprendido este viaje con el único propósito de cumplir con un trabajo, en ese momento aquel Camino se convertía en una verdadera peregrinación. Caminaría por Venezuela.
Cada mañana, a eso de las ocho, cuando el sol estaba ya a pleno, pero yo aún llevaba mi jersey fino que me cubría de la agradable brisa fresca, ya con mi mochila sobre los hombros y mi cuerpo descansado, cogía mi escapulario —ese que con su tricolor gritaba de dónde soy— y empezaba a recordar lo que mi abuelita rezaba aquellas tardes de mi niñez con sus vecinas. Lo hacía durante los primeros cinco kilómetros, cuando todavía caminaba mayormente sola, o apenas con un par de peregrinos. Cuenta a cuenta.
—Que cada kilómetro, cada metro y cada paso sean una vida rescatada—, repetía, mientras mi fe, de la cual me había alejado hacía un par de años, se reavivaba en mí.
Así fue desde la segunda etapa, cuando salí de Vigo ese domingo, sola por primera vez, ahora con mi intención metida también en la mochila, esa que, en lugar de hacerla más pesada, aligeraba la carga.
La noche anterior había sentido mucho miedo de quedarme sola, de andar sola, con aquel dolor y culpa en el pecho, pero para mi sorpresa —aunque quizás en el fondo yo ya lo esperaba—, y a pesar de que mi corazón solo quería atravesar el atlántico, esa mañana empecé a caminar serena y reconfortada. Ese miedo que había pasado a sustituir a mi ansiedad en el rol de ladrón de alegrías, poco a poco se fue disipando, convirtiéndose en la serenidad que me regalaba el silencio al adentrarme en las montañas donde pequeñas poblaciones de apenas unas diez casas a la vista hacen vida, y deleitándome con las vistas despejadas de la Ría de Vigo atravesada por el Ponte de Rande. No hicieron falta cien kilómetros más. Tan solo diez fueron suficientes para que yo volviera a sentirme segura conmigo misma. Para que volviera a disfrutar de mi soledad, mis pensamientos y mi libertad. Valiente, aventurera y admirada. Así me volvía a sentir.
Pero no fue solo el silencio. Fueron también las personas. Una me brindó una manzana, otra me entregó su dedicación en un sello, otras me regalaron su tiempo en una conversación genuina. Ninguna exigió justificación antes de hacerlo. Ninguna se detuvo a evaluar si lo merecía o no.
Al final de aquella etapa, en Redondela, la "Villa de los Viaductos", luego de la habitual ducha y una siesta reparadora que en mi cotidianidad es un inusual privilegio, salí a almorzar en el único restaurante que conseguí abierto aquel domingo, junto al cual estaba el Convento de Vilavella, un edificio del siglo XVI, de piedra, de esos que llevan cuatrocientos años pasando de mano en mano —monjas, fábricas, bodas—. Entré por curiosidad y deber espiritual, recé un Padre Nuestro y un Ave María, y al darme la vuelta para salir, una pequeña imagen —del tamaño de una cuarta— llamó mi atención. Estaba en uno de los extremos, bajo una de las grandes imágenes del convento. Al acercarme un poco más, la reconocí. Me parecía surreal encontrarla allí. Era sencilla, de bordes poco perfilados que develaban haber sido creada por unas manos humildes, pero que imponía su presencia. Parecía estar ahí de invitada. Entonces me acerqué y mi piel se puso de gallina. Era ella: La Virgen de Coromoto. La patrona de Venezuela.
¿Casualidad? No lo sé. Ni la de encontrarla a ella, ni la de que, al día siguiente, tras recorrer 24 km más hasta Pontevedra, me sentara al borde de un muro junto a la Basílica de Santa María la Mayor a escribir en mi libreta: Querida Venezuela. Aquí todos preguntan por ti, pues aquellos dos días, a diferencia de la primera etapa y a pesar de haber tenido tramos donde iba sola con mis pensamientos y mis oraciones —como era usual cada día—, había caminado con mucha gente, de diferentes lugares del mundo, hablando en diferentes idiomas, pero cada una, sin excepción, me entregaba una palabra de solidaridad o empatía cuando yo decía: Venezuela.
Cuando asigné una intención religiosa a mi Camino no caí en consideración de que estaba volviendo a su origen. Porque según la tradición histórica, fue aquella la razón que llevó al rey Alfonso II a convertirse en el primer peregrino tras enterarse de que el cuerpo de Santiago el Mayor, apóstol de Jesús, había sido encontrado en la hoy llamada ciudad de Compostela. Cuando en el siglo IX se descubrió su sepulcro, la cristiandad empezó a venir con un único propósito: llegar hasta él. Peregrinaban para ganar el perdón, cumplir una promesa, sanar, agradecer. La Compostela, ese certificado que aún hoy se entrega al finalizar el Camino en Santiago —cumpliendo ciertas condiciones—, nació de ahí: validar que uno había caminado hasta el Apóstol. Teniendo como único motivo el religioso. Como fue durante siglos.
Pero hoy, aunque según las estadísticas de la Oficina del Peregrino a 19 de julio de 2026, ese es el motivo principal —con 46.64% de "Religioso" y 32.8% de "Religioso y otro"—, al caminar junto a decenas de personas conversando con ellas, observé que, si alguno venía a pedir algo a alguien, no era a Santiago, sino al Camino, como humanizándolo y convirtiéndolo en una especie de guía espiritual transformadora, aunque en su mayoría venían incluso sin ninguna petición. Y cuando empecé a fijarme en ellas, noté cómo todas sentían que cabían.
Jorge y Susana, pareja de esposos granadinos con quienes me crucé por primera vez en algún mirador todavía cerca de Vigo. Con su acento andaluz que me hacía sonreír, me contaron ante la cámara, junto a sus dos hijos y su perrita Gina —nerviosos como si fuese una entrevista para la tele— que aquellas eran sus vacaciones familiares. "Finalmente cada uno encontró el tiempo para hacerlo", decía Jorge, con aquella sonrisa simpática que me transmitía bondad.
Cameron y Si, dos amigos escoceses de unos 30 y pocos, de ojos tan azules y piel tan blanca que contrastaban con la calidez que me generaría su compañía, y con la amabilidad con la que Cameron se preocupaba por mí y por su amigo. Iban siempre juntos, y mientras esperaba encontrar una de esas razones profundas por las que la gente se supone que viene al Camino, me dijeron: "Not any deep reason", encogiéndose de hombros. Diversión y deporte, era su razón, y una amistad cuyo valor entendería cuando llegáramos juntos a la catedral.
Así, tantos más. Las hermanas irlandesas Calesha y Mary que caminaban por la naturaleza y la compañía. El grupo de hermanos y amigos chileno-venezolanos que me abrazaron en una foto como si me conocieran de siempre. Las canadienses que llevaban meses cuadrando sus agendas solo para pasar unos días juntas. Ivanna y Marta, croatas, con un objetivo similar: pasar tiempo madre-hija de calidad.
Para ninguno la tumba era más que una meta física, como tampoco lo era superar alguna situación personal difícil. Aun así, cada uno contaba su historia orgullosamente, y así las recibía el Camino.
—Cada uno lleva una razón y una historia. Cada una perfectamente válida e importante. Incluso la mía—, escribí en mi libreta uno de aquellos días.
*
La primera persona con quien conversé en el Camino fue Marta, apenas saliendo de Ramallosa. Atendía un puesto de información de Turismo de Rías Baixas, con alegría de mañana de sábado soleada. Me contaba de los peregrinos que pasaban por allí con una mezcla de cariño y orgullo, como quien presume de un paisaje propio. "En esta temporada vienen mayormente nacionales; los extranjeros suelen llegar entre marzo y mayo, y entre septiembre y octubre", me contaba, lo cual repetirían más adelante otros tenderos. Según ella, además, algunos italianos llegan por una película reciente, los estadounidenses por el trend de algún influencer; a los alemanes, en ocasiones, los traía un libro.
Lo que Marta describía, me quería sonar a industria. El Camino tiene mil doscientos años de peregrinos que venían a rezar ante una tumba; hoy, buena parte de quienes llenan estas sendas vienen por diferentes motivos. La fe fundó el Camino; el relato lo mantiene vivo. No lo digo con desdén, sino como alguien que lo conoció a través de una novela.
Marta informaba, orientaba, desde un puesto al borde de la ruta. Vive, de una manera u otra, de que la gente siga peregrinando. Es la primera de una larga lista de personas que sostienen el Camino sin recorrerlo —y que lo necesitan tanto como el peregrino necesita la flecha amarilla—. Pero eso lo entendí luego.
Los sellos fueron la segunda pista. Además de los tradicionales: los de tinta que, dos al día, te permiten demostrar que efectivamente hiciste las etapas informadas al solicitar tu Compostela en Santiago, empezaron a poblar el Camino unos más novedosos, aunque en realidad antiguos, que dan el toque medieval al asunto: los de lacre. Cuando en mi primer Camino solo conseguí uno así, esta vez, dejé pasar varios, pues de euro en euro la cuenta se alarga.
En una aldea saliendo de Redondela encontré a Saúl, quien, junto a su esposa y a cambio de una colaboración ofrecían fruta de su huerta, artesanías y el famoso sello de lacre, el mismo con el que hacía año y medio habían cerrado las invitaciones de su boda. Pocos kilómetros antes, en la etapa previa, había conocido a Cristian, quien lo hacía por puro amor: había caminado seis veces. Y luego estaba Miguel, quien me contó que cada mañana se sentaba a orillas del sendero que llevaba a Caldas de Reis con música moderna y su cartel: "Os sellos mais bonitos do Camiño". 2 euros más un "regalo" si conseguías el segundo en el puesto de la siguiente etapa. Cuando me contó que nunca había hecho el Camino se encogió de hombros diciendo "Es muy típico eso: ser de aquí y no hacerlo".
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Miguel, así como la que me dio un trozo de hielo a regañadientes en un café cerca de Santiago, hizo que cuestionara si era el Camino realmente aquel espacio de acogida que decía ser. Toda esta gente —la que sellaba, la que informaba, la que ofrecía una manzana— también vivía del Camino. ¿Y si la calidez era, en el fondo, solo un buen negocio?
Belén me desmontó esa duda. Era la dueña del albergue donde dormí en Padrón. Me recibió —a mí y a todo el que llegaba— como sé que lo haría mi mamá: me contó del pueblo orgullosa, me marcó en un mapa qué ver y qué hacer, sin que yo lo pidiera, y lo hizo con un cariño que no cabe en el precio de una cama. Lo escribí en mi libreta, tras haber conversado con ella aquella noche: claro que le conviene que el peregrino se sienta acogido; ella depende de que la recomienden.
Pero al día siguiente, ya en la carretera saliendo de Padrón, Belén pasó casualmente —o no— en su coche, me reconoció y tocó la bocina mientras sonreía. Ya no quedaba nada que vender. Era mi respuesta ante aquella duda.
En otra ocasión, Estefanía, en su tienda de souvenirs, me vendió un pasaporte nuevo —habían pasado solo dos etapas y el mío ya estaba lleno. Culpable: soy fan de los sellos—. Pero también, mientras conversamos por unos minutos, me confesó que ella también quería hacer el Camino. Sola. Sentía que dependía demasiado de su marido y de sus hijos —la hija se llamaba Ana—, y necesitaba "darse una bofetada" para demostrarse que podía estar bien por sí misma.
Aquellas casualidades se quedaron en mi cabeza. La mujer que vendía recuerdos del Camino lo necesitaba por la misma razón que yo, que tantos que pasaban por su puerta. Y a la vez el Camino la necesitaba a ella. No había dos bandos —los que dan y los que reciben, los que creen y los que cobran—. El Camino no se sostiene solo con fe y buena voluntad. Se sostiene también gracias a quienes viven de él. Y cada uno lo hace a su manera.
*
A Sofia la conocí gracias a un brasileño que nos presentó aquella mañana de la etapa tres —pero de él hablaré luego—. Anduvimos juntos por un rato, conversando y riendo, hasta que nos separamos y nos quedamos solo ella y yo, sin saber que me reconocería a mí misma en su historia.
Tenía veinticinco años y venía de Lisboa. Era menuda y delgada, y al lado del brasileño —alto y robusto— lo parecía aún más. Llevaba tres años en un trabajo que había dejado de apasionarle, así que decidió tomar sus únicas dos semanas de vacaciones para hacer el Camino y mirar desde fuera la vida que tenía sin haberla elegido del todo. No huía de nada grave. Solo necesitaba parar.
Me habló de sus aspiraciones y también de sus miedos, de la sensación de estar a tiempo de cambiar de rumbo, pero no tener claridad de la dirección. Yo la escuchaba y asentía, en silencio. Más tarde anoté en mi libreta: me suena a alguien bastante conocida.
Con Sue coincidí por primera vez en la quinta etapa, a medio camino entre Caldas de Reis y Padrón, en el momento justo en que se me empezaba a hacer pesado andar sola. Era estadounidense, de California, y asumí que tenía unos cincuenta años. Cuando la vi a lo lejos me pareció que caminaba incómoda, como tratando de soltar algo, pero lo que me contó después me ayudó a entenderlo.
Hacía treinta años había recorrido Europa con una mochila al hombro. Entonces, a diferencia de ahora, no viajaba sola: iba con el hombre que era su marido. Ahora volvía, con otra mochila, treinta años después, sin ese hombre en su vida.
El divorcio lo había pedido ella. Y, sin que se lo preguntara, añadió: años cargando con todo —la casa, los hijos, él—, sosteniendo una estructura que solo se mantenía en pie porque ella no se apartaba. Hasta que lo hizo. Y entonces, en vez de la liberación que ella esperaba, llegó la culpa: sintió que había sido ella quien había roto la familia. Le costó una temporada y mucha terapia entender que no era así, y aún el trabajo no estaba terminado.
Había llegado al Camino casi por accidente, sin siquiera conocerlo: visitaba a su hija en Europa, la hija le habló de esto, y de pronto se encontró en Oporto dando vueltas dos días enteros, preguntándose qué hacía allí. Me confesó que desde el divorcio no había vuelto a estar con nadie, porque sabía que primero necesitaba poder sentirse a gusto consigo misma.
—No sé si estoy huyendo de algo o caminando hacia algo —me dijo en algún punto de nuestra conversación—. Pero creo que son las dos—. Fue la frase suya que anoté en mi libreta.
Luego el Camino nos separó en alguna parada de café y descanso, de esas que encuentran y desencuentran a los peregrinos sin avisar. Volvimos a encontrarnos poco antes de llegar a Santiago —pero eso lo contaré más adelante.
*
Enzo llamó mi atención por la bandera de Italia en su mochila —yo también soy italiana—. Fue saliendo de Redondela, mientras caminábamos uno delante del otro alternadamente, sin que ninguno dijera nada todavía, sino hasta que coincidimos en el huerto de Saúl, esperando por nuestro sello. No recuerdo bien cómo inició, pero de pronto empezamos a conversar en italiano; fue el idioma el que nos presentó y nos unió. Él era de la Basilicata; mi abuelo materno, de Nápoles.
A lo largo de ese día, y de todos los días siguientes, nos encontramos sin planearlo, cuando él paraba por su café o yo por mi trozo de Tarta de Santiago. Por alguna razón, el propio Camino nos volvía a encontrar. Fue, de todos, la persona con la que más caminé, compartimos algún momento cada etapa, sobre todo en las iglesias de los pueblos.
Había venido a detenerse, o al menos bajar un poco la velocidad. Trabajaba en el ayuntamiento de su ciudad, en el área financiera, terminando una carrera de Ciencias Políticas —el porte y elegancia, que ni siquiera una mochila puede esconder bien, me lo confirmaban—. Todo esto le impedía parar y le robaba el tiempo para hacer lo que le gustaba. Se había dado cuenta de que aquel ritmo le estaba costando caro, por lo que decidió regalarse una semana para caminar solo y volver a encontrarse. "Vine a reencontrarme en un momento difícil", escribiría después, con esas mismas palabras.
Al día siguiente, al final de la etapa cuatro caminábamos juntos, casi llegando a Caldas de Reis, cuando mis piernas se encalambraron. Nos sentamos a la sombra de un árbol que hacía de rotonda en la mitad de un pueblo desolado, y sacó una pastilla de magnesio que me ofreció, igual que hizo los dos días restantes.
Fue cuando Cris me dijo por teléfono "Ten cuidado, no aceptes cosas de desconocidos" que yo me percaté de ello. En aquel momento ni siquiera me detuve a pensar si era seguro o no. Para mí, Enzo — ni ninguno de las personas que para entonces me había cruzado en el Camino— eran desconocidos. Yo, en tan solo dos días, ya sentía que los conocía de siempre. Porque no habían sido solo "dos días", habían sido dos días haciendo el Camino juntos.
La última vez que lo vi fue en la catedral de Santiago. Me pidió que le hiciera una foto al salir de la misma del peregrino, otra más que compartimos juntos. Nos despedimos, y aunque durante el Camino conversamos de muchos temas, esta vez solo dijo, con mirada honesta y genuina:
—Grazie, Ana—, me dijo mirándome a los ojos. Y eso bastó.
*
A Marcelo lo conocí el día anterior, en un café donde paré con Enzo. Mientras esperaba en la barra por un zumo, aquel señor de piel morena y voz gruesa me sacó conversación en un castellano con su acento portugués —era de una ciudad pequeña cerca de São Paulo—, con la misma facilidad con la que lo vería hacerlo luego con otras personas.
Cuando acabé mi zumo y él su café, me preguntó cortésmente si podía caminar un rato con "Ana de Venezuela", como me llamaría a partir de ese momento. —Claro—, le dije. Anduvimos juntos un buen trecho —fue él quien unos metros más adelante me presentó a Sofia— y me contó que llevaba veintidós días caminando: había salido de Lisboa e iba a enlazar el Portugués con el Primitivo y el Francés, para caminar unos tres meses en total. No huía de nada ni buscaba nada concreto. Caminar era, sencillamente, la forma de vida que había elegido para aquella etapa de su vida. Lo disfrutaba, aun cuando su andar vacilante y sus quejidos repentinos delataban que no era tarea sencilla para su cuerpo. Era de admirar.
Nos volvimos a encontrar al día en el supermercado de Caldas de Reis —además de haber coincidido en el albergue—. Yo estaba pagando lo que había comprado para cenar cuando se acercó, con esa simpatía suya que me agradaba encontrar, y me dijo que quería brindarme algo. Insistió cuando le dije que no hacía falta, así que le acepté un kéfir, mientras me comentaba que cada día bebía uno por la mañana y uno por la noche para la digestión. Y entonces, con la serenidad de un hombre que se siente en paz con su vida, soltó la frase que me acompañaría el resto del Camino:
—¿Sabes por qué siempre nos encontramos? Porque somos gente buena, y la gente buena siempre se encuentra.
Aquel día, estuvo lleno de coincidencias que ahora creo que Marcelo habría llamado destino. Por la mañana, una alemana, Eva, me había contado por qué caminaba con una sencillez que me dejó pensativa: —Hoy puedo hacerlo. No sé si mañana podré—. Nada más. Lo dijo sin dramatismo, como una evidencia. Y esa misma noche, ya en el albergue, me llegó una nota de voz de Virgy que me llevaría al mismo mensaje.
Virgy es mi prima hermana. Nos criamos juntas, pero desde hace nueve años un océano nos separa: ella en Venezuela, yo en España. Entre sollozos y con una voz que hacía el esfuerzo por contener su entereza, repetía que solo necesitaba decirme que me quería. Que desde el terremoto cargaba con una culpa que no sabía dónde poner: ella estaba allá, en el país partido en dos, y a ella no le había pasado nada. Ni a ella, ni a nuestra familia. Y esa suerte, en vez de aliviarla, le pesaba. Necesitaba decírmelo, porque aquello le había enseñado que un día estamos y al siguiente no se sabe.
La escuché tras la cortina de mi cama de aquel albergue repleto de historias que tal vez también se escondían para reponerse, a un océano de ella, con la misma culpa clavada en el mismo sitio. La culpa del que mira la desgracia desde lejos y sale ileso. Eva por la mañana, Virgy por la noche: el mismo día diciéndome, en dos voces que nada tenían que ver la una con la otra, que el tiempo, de ninguna forma, está garantizado.
No sé si fue casualidad. Pero esa noche me recordé a mí misma que si me había tocado estar en ese lugar, en ese momento, sin poder mover un solo escombro, entonces esto —caminar, rezar, ofrecer cada kilómetro— era lo que debía hacer. Mi sacrificio, pequeño y a destiempo, por mi gente.
Estos días había sido testigo de cómo el Camino recibía cada historia sin pedirle credencial. Nadie preguntaba a Sue por qué se había divorciado, ni a Sofia si su crisis era realmente grave; ni cuestionaban a las irlandesas si el amor por la naturaleza era motivo suficiente. Todas cabían.
Y entonces recordé a Carlos. De aquel primer Camino, dos años atrás. Ese compañero de grupo al que no le bastó que yo caminara por agradecimiento, que buscó debajo de mis palabras un trauma que no existía, pero que lo dio por hecho que sí. Cuando volví a preguntarle a Ángeles por aquello, hace unos días, lo recordaba tan bien como yo: en aquel intercambio de miradas, efectivamente estábamos pensando lo mismo. Ella también se sintió juzgada. Su motivación había sido, sencillamente, aprovechar unas vacaciones para vivir la experiencia.
Lo que Carlos no entendía —y que yo tampoco habría sabido explicarle entonces— es que, con aquella pregunta, exigía a los demás una herida como precio de entrada. Como si el dolor fuera lo único que legitima un camino. Como si agradecer, o descansar, o simplemente querer estar, no fueran razones de peso.
Pero, mientras escribo esto, me detengo, porque entonces reconozco que yo también estoy siendo injusta. Carlos me juzgó, sí —o, mejor dicho: yo me sentí juzgada—. Pero al contarlo corro el riesgo de hacer exactamente eso mismo: convertirlo en el villano de una historia que él ni siquiera sabe que protagoniza, medir su manera de entender el Camino, y no aceptarla por ser diferente a la mía. Justo lo que yo reprocho.
No sé qué lo llevó a él a Santiago entonces. Quizá una herida que duele, quizá la necesidad de que las cosas tuvieran una explicación profunda para merecer la pena. No me lo contó entonces, y yo tampoco se lo pregunté.
Y no soy la única. Antes de salir a este segundo Camino había preparado un formulario anónimo para peregrinos que ya habían hecho la ruta. Una de las doce preguntas les pedía contar si alguna vez habían juzgado la motivación de otro, o si se habían sentido juzgados por la suya. Contestaron diez personas.
Philippe subía una cuesta de madrugada, con diez kilos a la espalda, cuando se cruzó con una señora que no llevaba encima una sola gota de sudor: mandaba la mochila de albergue en albergue. «Me pareció que su peregrinación no era tan válida como la mía», escribió. Y en la línea siguiente reconocía el juicio contrario: al toparse con quienes llevaban meses caminando, cargando pesos que él ni imaginaba, pensaba «estos sí que son peregrinos». Otro vio a un chico de su grupo meterse una raya la noche antes de llegar, y lo juzgó. Una tercera cuestionó justo lo contrario que los demás: que hubiera gente caminando por una razón religiosa.
Tres de diez lo admitieron. Y ninguno de los tres dijo haberse sentido juzgado: los tres hablaron de cuando juzgaron ellos.
Ahí está la diferencia. Juzgar nos pasa a todos, por sesgo o por descuido; somos humanos. Lo que hace la mayoría en el Camino es darse cuenta a tiempo y callarlo, porque sabe que no le corresponde. El juicio existe, pero se queda dentro, y el peregrino que va delante sigue caminando sin enterarse.
A mí me llegó. Y ahora, dos años después, se lo estoy devolviendo a alguien que tampoco se va a enterar.
El Camino, por suparte, nos recibió a los dos. Al que exigía un motivo y a la que no tenía ninguno que a él le valiera. A ambos nos permitió la entrada a su catedral y nos otorgó nuestra Compostela.
*
Los últimos cuatro kilómetros de llegada a Santiago me resultaron los más duros de todo el Camino Portugués. Adiós paisajes verdes y olor a naturaleza. Asfalto, cuestas, un sol de justicia y el bullicio de la ciudad. Santiago parecía que se alejaba cuanto más caminaba. Iba con Cameron y Si, quejándome del calor, cuando vi a Sue en la acera de enfrente. Le grité, y agradeció encontrar compañía, al igual que yo, que no quería tener que hacer sola aquel último tramo como la vez anterior.
Tras perdernos ya dentro de la ciudad, porque las flechas amarillas de pronto desaparecieron —o al menos ante nuestros ojos cansados y deshidratados—, llegamos, finalmente, ante Santiago.
Cuando le hacía su respectiva foto frente a la catedral a los escocese, vi que Cameron extendía un brazo, como rodeando el aire: simulaban abrazar a un tercer amigo, aquel con quien habían hecho su primer Camino usando faldas escocesas. Me habían contado de él, pero fue entonces cuando entendí el valor de aquella amistad.
Sue y yo también queríamos un abrazo: el del Apóstol, así que decidimos entrar en la catedral. Al llegar a la puerta y descubrir que no estaban permitidas mochilas, nos miramos, nos encogimos de hombros y lo resolvimos sin hablarlo apenas: mientras entra una, la otra espera fuera cuidando las mochilas. La desconfianza ni siquiera atravesó mi mente.
Mi propia llegada, si soy honesta, no fue el estallido esperado. No escuchaba la música que la última vez me había anunciado que ya se terminaba, y que me había puesto eufórica y emotiva. Por el Portugués no entras por el túnel donde está el famoso gaitero que pone la banda sonora de la llegada. Llegué a la plaza sin ella, casi en silencio —aunque viniera esquivando a cientos de personas en las angostas calles del casco histórico—, sin la emoción que había imaginado. Venía buscando repetir aquella experiencia de hacía dos años, pero el Camino me recordó lo que es la vida misma: no habrá nunca una igual a la otra. Ni a las tuyas, ni a las de los demás. Pero, al mirar a Santiago, casi invisible en lo alto de la Berenguela —la torre principal de la catedral—, recordé por qué estaba allí, y mis ojos se llenaron de lágrimas: Venezuela, lo hice por ti, y entonces las dejé correr por mis mejillas.
*
Pero la emoción que estaba buscando, llegaría después, y no sería yo la protagonista.
Un grupo bonito, de varios de los jóvenes que nos habíamos cruzado a lo largo de estos días, se había formado, y esa misma noche España seguía luchando por avanzar en la Copa Mundial de fútbol, así que quedamos para verlo. Todos compartíamos en una mesa larga y angosta, y enfrente de mí estaba una chica de diecinueve años que había conocido esa misma mañana: me había contado que hacía el Camino para demostrarse que podía valerse sola. Entonces, en mitad de la cena, sin ninguna razón, se me quedó mirando y me dijo:
—You are so pretty.
Yo le di las gracias, sin más. Pero recuerdo que entonces no lo recibí solo como un cumplido por mi rostro, sino como si alguien, desde fuera, me estuviese devolviendo algo que yo había dado por perdido meses atrás: aquello que quienes me quieren suelen llamar luz, y que yo había dejado de ver en mí misma. Una desconocida, catorce años menor que yo, sin motivo, me permitía verla nuevamente.
Me quedé par de días más en Santiago. La mitad del tiempo lo pasé en la Plaza del Obradoiro, con mi libreta, mi cámara y mis ganas de contagiarme de las emociones de quienes terminaban su peregrinación.
Grupos de jóvenes de colegios y parroquias católicas, que llegaban cantando alabanzas con la mirada en el cielo, llorando entre abrazos con la emoción de haber superado un desafío con quienes ahora eran mucho más que compañeros. Envidiaba aquella sensación de pertenencia que percibía desde fuera; envidiaba la fe con la que se arrodillaban frente a la catedral y, aun con la mirada en el cielo, agradecían.
Parejas y personas solas sentadas sobre los adoquines ardientes de la plaza donde siglos antes estarían los talleres de artesanos y canteros que construían la catedral que hoy atraía tantas miradas y oraciones. Transmitían la serenidad de quien se hace consciente de un momento íntimo y especial. Grupos de tres o cuatro, hermanos, amigos, familias, riendo y haciéndose fotos que en muchas ocasiones yo tuve el privilegio de capturar.
Cada uno llegaba a su manera. Entre lágrimas o en calma, de rodillas o de pie, entre risas o en silencio. Pasé dos días capturando no solo testimonios con mi cámara, sino emociones, de personas con las que ahora compartía un título: peregrinos de Santiago.
*
Quince días después, tengo la libreta abierta sobre la mesa. La misma que llevé conmigo durante seis etapas y que compré para recoger anotaciones importantes durante este trabajo: lo que me contaran los demás, sus historias, datos, el material para esta investigación. Y ahora que la releo me doy cuenta de que no es exactamente eso lo que recoge este cuaderno.
En la página del 27 de junio, aquella noche sola en Vigo, anoté dos frases: —El Camino es por y para ellos. Gracias, Diosito, por ponerme donde debo estar—. La primera era mi promesa: caminar por Venezuela, por mi gente, poner mis pies donde no podía poner mis manos. La segunda, en cambio, no hablaba de ellos. Hablaba de mí. Pero eso lo entendí dos semanas después. Hablaba de una mujer que aun estando rota y agotada agradecía por tener la mochila en la espalda y cien kilómetros por andar. No estaba allí solo por ellos. También estaba ahí por mí.
Dos deudas. Una con mi país, que pagaría con kilómetros y rosarios. Otra con la muchacha que yo había dejado de reconocer meses atrás, que se pagaría con soledad indeseada y compañía inesperada que me llevarían a recordar quién era. Nunca fue una en lugar de la otra. Se saldaron las dos con los mismos pasos.
Pero aquí sigue Carlos, al que le debo una respuesta desde hace dos años. Yo me sentí juzgada por caminar sin una herida que superar, y entonces terminé invalidándolo a él: no supe yo acoger su historia, esperando que fuera el Camino quien lo hiciera, sin reconocer que en ese momento yo era el Camino para él. Los dos hicimos exactamente lo mismo, medir la razón del otro con la vara propia. Y ninguna era la adecuada. Se puede venir a agradecer, a descansar, a mirar el paisaje, a estar con la familia, a demostrarse algo o a pensar en nada. Y se puede venir, como vino Carlos, o Enzo, o Sue: a dejar algo pesado por el camino. Todas las razones caben. Me costó entender que validar las historias de los demás también incluía la de quien no valida la mía. De quienes conocí en aquel primer Camino, Carlos es la única persona que con la que hoy mantengo una amistad.
Pero también me llevé amistades de esta segunda experiencia. Como Enzo, quien pocos días después de haber vuelto a Italia, cuando le pregunté qué le diría a alguien que siente que su razón para hacer el Camino "no es suficiente", me respondió:
—Es erróneo pensar que puedan existir motivaciones más o menos importantes que otras. El Camino es una experiencia íntima y personal igual a la de todos los demás que lo hacen—, habiendo comentado antes que había encontrado en el trayecto personas que habían escuchado sus emociones, sin sentirse juzgado.
Volviendo a mi libreta encontré que no había escrito nada el último día, el de los veintisiete kilómetros y seis horas. Ese día no escribí nada de nadie, sino que pedí a ellos que me escribieran a mí. Y así, con su letra, en español y en inglés y en gaélico, todos plasmaron lo que yo no era capaz de ver: mi magia, mi sonrisa contagiosa, mi autenticidad. Mi luz.
En Vigo me había preguntado si quería contar las historias de los demás o la mía. Tenía la respuesta en las manos desde la primera noche y me tomó seis etapas reconocerla: mi libreta terminó llena de palabras de otros, dirigidas a mí. La respuesta no era una sola. Eran las dos. Siempre fueron las dos.
Ana Gabriela Quiñones Amato.
Nota de la autora: algunos nombres han sido cambiados para proteger la privacidad de sus protagonistas.