Cómo entrevistar a desconocidos: lo que aprendí preguntando en el Obradoiro

03.10.2026

Diecisiete testimonios en dos mañanas, un formulario anónimo y el error que casi arruina mi investigación.


El día que llegué a Santiago tenía la cámara en la mochila y la pregunta preparada desde hacía semanas. Tardé casi una hora en abordar a la primera persona.

Nadie te avisa de eso. Te enseñan a estructurar una entrevista, a preparar preguntas abiertas, a no inducir la respuesta. No te enseñan a vencer el pudor físico de acercarte a alguien que acaba de terminar 100 kilómetros, que está llorando o abrazando a otro, y pedirle que te cuente lo más íntimo que trae encima.

Este post va de eso: del método, de lo que salió bien y de lo que salió mal.

Lo primero: casi nadie dice que no

De todas las personas a las que me acerqué en dos mañanas, solo dos declinaron. Diecisiete testimonios grabados. La resistencia estaba entera en mi cabeza.

Lo que funcionó fue preguntar justo al llegar, cuando la emoción todavía está en la superficie y la gente aún no ha ordenado su experiencia en un relato presentable. Carmen y su hijo llevaban cinco minutos en la plaza cuando les pregunté. Carla se puso a llorar en la segunda frase. Ninguna de las dos cosas habría pasado dos horas después.

Lo otro que funcionó fue una sola pregunta abierta —quién eres, qué camino hiciste y por qué— y luego callarme. Los silencios los llenaban ellos, y ahí es donde estaba lo bueno.

Lo que salió mal

Conviene contarlo, porque en las transcripciones está todo. Una peregrina italiana de Verona me dio casi cuatro minutos de grabación de los que apenas puedo usar una frase: no compartíamos idioma y la conversación se me fue a hablar del mar y de una iglesia. Un grupo de diez valencianos no recordaba dónde había empezado. En varios audios me oigo a mí misma interrumpiendo justo cuando la persona iba a decir algo.

Y hay un fallo de bulto: la cámara. En una plaza, recién llegados, en euforia, delante de un objetivo y de sus compañeros de viaje, nadie dice nada feo. Todo el mundo fue generoso, luminoso y agradecido. Eso, para una investigación cuya hipótesis es que el Camino acoge sin juzgar, es un problema serio: si me hubiera quedado solo con los vídeos, mi hipótesis se habría confirmado sola. Demasiado fácil.

El segundo instrumento

Por eso monté una segunda herramienta antes del viaje: un formulario en línea de doce preguntas, dirigido a personas que ya habían hecho el Camino, con casilla explícita de autorización y opción de responder de forma anónima. Diez respuestas. Sin cámara, sin plaza, sin nadie mirando.

Y ahí apareció lo que el Obradoiro no me dio: el juicio.

Philippe contó que, subiendo una cuesta de madrugada con diez kilos a la espalda, se cruzaron con una señora sin una gota de sudor que les confesó que mandaba la mochila de albergue en albergue. «Me pareció que su peregrinación no era tan válida como la mía», escribió. Y a renglón seguido reconoció el juicio inverso: al encontrarse con gente que llevaba meses caminando con pesos en el alma que él no podía ni imaginar, pensaba «estos sí que son peregrinos».

Alejandro contó que la noche antes de llegar a Santiago vio a un chico de su grupo drogarse y que en ese momento lo juzgó. Hoy, escribe, respeta que sea su decisión.

Y María cuestionó exactamente lo contrario que todos los demás: que otros lo hicieran por una cuestión religiosa.

La lección metodológica

El juicio en el Camino existe. Pero es casi siempre de ida y no de vuelta: el peregrino juzga a otros, y casi nadie declara haberse sentido juzgado. Ese matiz —que es el corazón de mi trabajo— no salió de la cámara. Salió del formulario anónimo.

Es decir: la herramienta decide una parte de la respuesta. Si te quedas con un solo instrumento, no estás midiendo el fenómeno; estás midiendo tu instrumento.

Y sobre la ética, dos cosas que aprendí a las malas. Una: pedir permiso no es un trámite, es parte de la conversación, y hay que darle a la gente la salida fácil de decir que no. Dos: cuando alguien te cuenta algo que no esperabas —una enfermedad, un despido, un llanto—, la pregunta siguiente no debe ser la que llevabas preparada.

El miedo a preguntar se me quitó al entender una cosa muy simple: alguien que acaba de caminar cien kilómetros quiere que le pregunten. Llevan días esperando a que alguien lo haga.


Ana Gabriela Quiñones Amato.


Fuentes consultadas

  • Trabajo de campo propio: 17 testimonios en vídeo, Santiago de Compostela, 3 y 4 de julio de 2026.
  • Formulario en línea «Camino de Santiago: tu historia, tu experiencia», 12 preguntas, 10 respuestas recogidas entre mayo y julio de 2026, con casilla de autorización expresa de uso académico y periodístico.
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