Por qué la gente hace el Camino de Santiago: 17 peregrinos lo cuentan al llegar
Fe, cáncer, un trabajo nuevo, un sueño de los diecisiete años. Testimonios recogidos en la plaza del Obradoiro.
Los días 3 y 4 de julio de 2026 me planté en la plaza del Obradoiro con una cámara y una pregunta a todo el que acababa de llegar: por qué. Diecisiete personas aceptaron contestar. Estas son sus respuestas, casi sin tocar.
Los que vinieron por fe
Pablo, Carlos, Juan y Ángel son cuatro muchachos de Cáceres, del mismo colegio, que empezaron en Triacastela, una etapa antes de Sarria «para poder convivir más». Fueron los únicos de los diecisiete que nombraron a Dios sin que yo preguntara nada. Juan lo dijo así: vinieron para ver si uno puede seguir creyendo cuando llegan los momentos de oscuridad.

Y fueron también los únicos que se compararon con los demás. «Algunos a lo mejor lo hacen por hacer, y nosotros lo hacemos porque somos religiosos», dijo uno de ellos. No sonó a reproche. Sonó a que se sabían la excepción.
Los que vinieron sin ninguna razón
Nicola y su grupo llevaban queriendo hacerlo desde los diecisiete o dieciocho años, y lo consiguieron diez años después: «por fin nos hemos podido juntar». Son búlgaros de Albacete —«búlgaros, pero casi españoles»—. Su única queja fue metodológicamente valiosa: al ir en grupo apenas conocieron a nadie. Quien va solo se une; quien va acompañado, no.
Dongjun Hong vino desde Corea del Sur con un amigo porque le encanta la aventura. Le pregunté qué significaba el Camino para él y contestó que todavía no lo sabía, que lo estaba descubriendo en ese momento. Y luego dejó la frase que mejor cierra este post: el Camino se acaba, pero la vida real empieza.
Iker llegó en bici desde Castellón, mezclando rutas y parando a ver amigos, para agradecer que había conseguido trabajo. Contó un detalle que ningún peregrino de Sarria puede contar: en los primeros quinientos kilómetros no se cruzó con casi nadie. La comunidad no está en toda la ruta; aparece cuando la ruta se llena.
Los que vinieron a cerrar algo

Carmen hizo cinco etapas del Francés con su hijo Axay, de quince años. Un año antes estaba, en sus palabras, en la cresta de la ola de la quimioterapia. Ya curada, eligió el Camino como cierre antes de volver a trabajar tras año y medio de baja: cuatro días de descanso en Barcelona y de vuelta a la oficina. Le pregunté a Axay qué le había dejado el viaje. Dijo que le había gustado mucho hacerlo con su madre y que tenía mucho significado para él. Nada más.
Natalia, de Puerto Rico, renunció a su trabajo dos semanas antes de venir. Cumplió treinta años caminando. Su primer Camino lo había compartido con su padre; este quiso que fuera solo suyo.
Dorothy tiene veintitrés años, es estadounidense de familia mexicana y empezó en Ponte de Lima. Quería, dijo, algo que fuera enteramente decisión suya: levantarse temprano, a veces sin comer, y seguir. «Así como es la vida.»

La primera persona con la que conversé, el primer día, sin planearlo, resultó no ser una desconocida. Era Carla, que llegaba con su grupo de amigas. No la veía desde que ambas nos fuimos de Venezuela, hace casi diez años. Ella vive en Valencia, España. Y ambas somos de Valencia, Venezuela. Nos conocíamos de la Hermandad Gallega, el club social al que íbamos con nuestras familias, que con los años se hicieron amigas.
Empezó a contarme que no venía con nada en particular, que veía el Camino como una ruta para encontrarse con uno mismo, y a mitad de frase se echó a llorar y se disculpó. Lo que aprendió, dijo, fue a aceptar. Se marchó enseguida apurada para lograr entrada a la misa del peregrino. La que no traía motivo fue la que más se emocionó.
Y los que vinieron a otra cosa
Luis Carlos, de un pueblo de Cuenca, hizo el Portugués corriendo: unos 140 kilómetros desde Tui en poco más de nueve horas en total, porque su primer Camino, andando, le había parecido poco. «Necesitaba sufrir un poquito más.» Corriendo, dijo, solo pensaba en lo esencial, que era justo lo que venía buscando. Y acabó conociendo a más gente que nadie, porque al adelantar a todo el mundo se hizo famoso: «tú eres el que corre».
Ramiro y Aitana eligieron el Inglés desde Ferrol porque es un Camino que empiezas y terminas entero. Era su primer viaje como pareja: horas y horas caminando y hablando. «El Camino es como la vida», dijo ella.
Lisa, de Melbourne, llevaba doce años esperando: hizo un tramo entonces y aguardó a que los niños crecieran y estuvieran escolarizados para poder volver. Llegó ese mismo día.
Carlota, María, Alejandra, Aina y Eulalia hicieron 115 kilómetros con su colegio. Eulalia lo resumió mejor que ningún adulto: aprendió que nadie va a caminar por ti.

Y un grupo de diez valencianos que no recordaba siquiera en qué pueblo habían empezado. Ese testimonio también cuenta.
Lo que tienen en común
Ninguno se justificó. Nadie empezó con un «bueno, es que en realidad…». Contaron lo que traían —fe, cáncer, un trabajo nuevo, un divorcio de la rutina, un sueño de los diecisiete, unas vacaciones— con exactamente el mismo tono.
Y ninguno me preguntó antes de contestar por qué lo estaba haciendo yo.
Ana Gabriela Quiñones Amato.
Fuentes consultadas
- Trabajo de campo propio: 17 testimonios en vídeo recogidos en la plaza del Obradoiro y alrededores, Santiago de Compostela, 3 y 4 de julio de 2026.