Camino Primitivo: la ruta del primer peregrino de la historia

03.10.2026

Alfonso II, el hallazgo del sepulcro del Apóstol y qué parte de esta historia es documento y qué parte es leyenda.


Antes de que hubiera flechas amarillas, albergues o mojones de hormigón, hubo un rey caminando hacia una tumba. El Camino Primitivo se llama así por una razón muy literal: fue el primero. Y para entender por qué existe hay que empezar por el motivo que puso a todo el mundo a andar hacia el mismo punto de Galicia durante más de mil años. Ese motivo tiene una parte que es historia y otra que es leyenda, y conviene no confundirlas.

La leyenda: una barca sin rumbo

La tradición cristiana cuenta que Santiago el Mayor, uno de los doce apóstoles, predicó el Evangelio en Hispania. De aquello no hay prueba histórica alguna. Lo que sí está recogido en los Hechos de los Apóstoles es su final: regresó a Jerusalén y allí fue decapitado por orden del rey Herodes Agripa hacia el año 44, convirtiéndose en el primer apóstol en morir mártir.

A partir de ese punto, todo es leyenda —hermosa, pero leyenda—. Se cuenta que sus discípulos, Teodoro y Atanasio, recogieron el cuerpo y lo embarcaron en una nave que cruzó el Mediterráneo guiada por la providencia, hasta llegar a las costas gallegas. Desembarcaron en Iria Flavia, junto a lo que hoy es Padrón, y enterraron los restos tierra adentro, en un bosque llamado Libredón. Esa travesía es lo que se conoce como la Traslatio, y es el origen espiritual del Camino: sin ese viaje, no hay tumba que buscar.

Padrón, por cierto, presume de ese capítulo con toda la razón: el pedrón que da nombre al pueblo sería, según la tradición, la piedra donde se amarró aquella barca.

La historia: unas luces en el bosque

Aquí empieza el terreno firme. Entre los años 820 y 830 —la tradición fija la fecha hacia el 813— se descubrió un sepulcro en aquel bosque de Libredón. La versión que ha llegado hasta nosotros dice que un ermitaño llamado Pelayo vio durante varias noches unas luces sobre la espesura y avisó al obispo Teodomiro de Iria Flavia. El obispo investigó, identificó los restos como los del apóstol Santiago y comunicó el hallazgo al rey.

Lo de las luces pertenece a la tradición. Lo que sí es histórico es lo que vino después: el descubrimiento desató un culto de enorme repercusión y tuvo, además, una lectura política de primer orden. Estamos en plena Reconquista, y para la monarquía astur, encontrar la tumba de uno de los discípulos más cercanos a Jesús era un refuerzo moral formidable frente a Al-Ándalus y una forma de consolidarse entre los reinos peninsulares. La fe y la política empujaron en la misma dirección.

El primer peregrino

El obispo Teodomiro viajó hasta Oviedo, capital del reino, para contárselo al monarca. Y el rey Alfonso II, apodado el Casto, decidió no conformarse con la noticia: se trasladó él mismo a ver el sepulcro. Ese trayecto —de Oviedo a la tumba del Apóstol— lo convierte en el primer peregrino de la historia jacobea, y la ruta que abrió es la que hoy seguimos llamando Camino Primitivo. El más antiguo de todos, porque lo trazó quien fue a comprobar el hallazgo antes de que existiera cualquier otra ruta.

Altar de la Catedral de Santiago de Padrón. 2 de julio de 2026.
Altar de la Catedral de Santiago de Padrón. 2 de julio de 2026.

Alfonso II mandó levantar una primera iglesia sobre el sepulcro. Con el tiempo se quedó pequeña, y sobre ella se alzaría, ya a finales del siglo XI, la gran catedral románica.

De una tumba a la "calle mayor de Europa"

El Camino que hoy recorren peregrinos de medio mundo no nació como una red organizada, sino que se fue tejiendo alrededor de esa tumba. Dos hitos lo institucionalizaron. Hacia 1140 se compiló el Códice Calixtino, cuyo quinto libro es considerado la primera guía de viaje de la historia: describía etapas, alojamientos, obras de arte y costumbres del Camino Francés. Y en 1179, el papa Alejandro III concedió con la bula Regis Aeterni el carácter perpetuo del Año Santo Compostelano, equiparando Santiago a Roma y Jerusalén. Con ese respaldo, la peregrinación se disparó por toda Europa y Compostela se convirtió en uno de los tres grandes destinos de la cristiandad.

Después vinieron siglos de altibajos —los restos llegaron a ocultarse en 1589 por miedo a un ataque de Francis Drake y no se reencontraron hasta 1879—, y ya en el siglo XX los reconocimientos oficiales: Conjunto Histórico-Artístico en 1962, Primer Itinerario Cultural Europeo en 1987 y Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1993.

Por qué empezar por aquí

Contar el Primitivo es contar el porqué de todo lo demás. La intención original era estrictamente religiosa: caminar hasta la tumba del Apóstol para venerar sus reliquias, pedir o agradecer. Ese fue el único motivo durante siglos, y de ahí nació la Compostela, el certificado que acreditaba haber llegado hasta el sepulcro.

Lo interesante es lo que vino después: a esa razón fundacional se le fueron sumando otras muchas, hasta el punto de que hoy la mayoría de quienes llenan estas rutas no viene exactamente a lo mismo que Alfonso II. Qué hace la institución con eso —a quién reconoce, con qué papel y bajo qué condiciones— lo cuento en el post sobre la Compostela.

Lo que no cabe en ningún certificado es el resto. Y eso, curiosamente, es lo que se cuenta caminando.


Ana Gabriela Quiñones Amato.


Fuentes consultadas

  • Xacopedia y Archivo-Biblioteca de la Catedral de Santiago: Traslatio, hallazgo del sepulcro y Códice Calixtino.
  • Bula «Regis Aeterni» (Alejandro III, 1179) sobre el carácter perpetuo del Año Santo Compostelano.
  • UNESCO: declaración del Camino de Santiago como Patrimonio de la Humanidad (1993) y Primer Itinerario Cultural Europeo del Consejo de Europa (1987).
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